Parroquias de Gijón

Caldones, cada vez más cerca

La parroquia ha superado los años de aislamiento, cuando «no iban a la ciudad a nada» debido a las malas comunicaciones

NOTICIA DE AIDA COLLADO06/01/2011
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Caldones, cada vez más cerca

Zoilo, el caminante, delante de su casa solariega en el barrio de San Pelayo, uno de los entornos más hermosos de la parroquia de Caldones. :: PALOMA UCHA

Cuando el párroco José Manuel del Valle llegó a Caldones, durante la posguerra, «nadie quería ese destino».

Hace pocos años, el cura recordaba su llegada a una parroquia sin luz y sin agua. También sin iglesia. Estaba muy lejos de la ciudad y parecía estancada, aislada, sin posibilidades de cambio. Sin embargo, José Manuel se quedó el tiempo suficiente para ver la transformación de Caldones. Y no es que el pueblo evolucionase muy rápido, sino que estuvo atendiendo a sus feligreses durante 70 largos años. José Manuel falleció el pasado mes de marzo, a los 96 años. Pero aún está muy presente en la memoria de los vecinos. «Casó a mi madre y a mi padre. Me bautizó y me casó a mí y a mis hijos. Bautizó a mis nietos...». Lo cuenta José Luis Pérez Blanco, pero la misma historia se repite en muchas casas.

Como del Valle, los vecinos más veteranos sufrieron las consecuencias de la pésima comunicación de la parroquia. «Sólo podíes ir a pie o a caballo. El transporte más cercano estaba en la carretera de la Pola. Por allí, bajaba 'Arcadio' -un autobús- y 'Ramón el de la Línea'. Pero, de aquella, sólo había dos al día», explica Clarisa Medina. Y eso, por no hablar de los 4 kilómetros de camino infernal que había que superar para conectar con la carretera de Siero.

Llegar a la ciudad era complicado, pero lo cierto es que tampoco les iba la vida en ello. Al menos, en la mayoría de los casos. Los vecinos tenían 'tiendina' en La Bombilla. Y si bajaban hasta la carretera podían comprar también en Casa Elvira. «Allí encontrabes casi todo lo que podíes necesitar. Y si te hacía falta algo, como veles o carburo, ibes a La Camocha. Pero hasta Gijón no íbamos a nada», comentan.

Hasta para divertirse eran autónomos. Contaban con la casa de El Rivero, el abuelo de Clarisa, quien les ofrecía bar y pista de baile con gramola todos los domingos.

Hace muchos años que los vecinos de Caldones sólo celebran la fiesta de su patrón, San Vicente, el 22 de enero. Pero antes también festejaban El Carmen. «Lo más significativo era el sábado de foguera. Les fogueres no se hacíen sólo en San Xuan. Hacíense durante todo el verano, a partir de abril», explica Xosé María García.

También celebraban la pañuelada, «que era lo mejor para que los mozos y moces se relacionaran». El domingo por la mañana, se oficiaba una misa a la que seguía una gran comida con todos los familiares. Por la tarde, los chicos quedaban: «Ella llevaba dulces y una pañoleta para poner en el suelo. El mozu tenía que llevar el vino, abundante. Era una oportunidad para charrar y quitar inhibiciones. Luego, teníen que llegar a casa al oscurecer». Esta tradición se perdió entre 1910 y 1915, pero Caldones continúa celebrando la fiesta patronal.

Ya no ocurre como en 1954, cuando llegaban 23 ó 24 carros de sidra al prau de Rato, donde se celebró hasta 1978. A partir de entonces y hasta el día de hoy, comenzó a celebrarse junto a la carretera.

Lo del prau de la verbena no era una excepción. Casi todas las caserías eran de los Rato. «Tanto es así, que en Caldones apenas hay terreno comunal», se lamentan los vecinos. Hasta las escuelas estaban en su terreno. Además, «casi todas las casas aquí son mariñanas, por su influencia. Les gustaba construir así. Por los años 50, empezaron a venderlas porque pagaban más impuestos de lo que recibían de rentas». De este modo, los colonos se hicieron con la propiedad de las casas que habitaban: «Casi todes les caseríes teníen llagar. Mayaben entre 20 y 40 pipes (480 litros cada una) el añu de cosecha». Gran parte de la sidra iba a parar a la fábrica de El Gaiteru de Villaviciosa y a Zarracina. 

El Palacio de Rato
Pero las caserías no son la mejor muestra del poderío de la familia. El Palacio de Rato empezó a construirse en el año 1600. Su impulsor fue Juan Vigil Quiñones, que nació en 1547 en la parroquia y fue obispo de Valladolid y Segovia. Murió en 1617, tras comenzar la construcción. Sus restos están enterrados en la capilla de la Anunciación, también conocida como la 'de los vigiles', en la catedral de Oviedo. Más tarde, el palacio fue reedificado por su descendiente Toribio Vigil de Quiñones. Tras pasar por distintas vicisitudes militares, pasó a ser propiedad de José María de Rato y Rodríguez Sampedro, conde de Duquense. Hace más de una década que el palacio se convirtió en una residencia, proyecto del doctor Kocina, pero desde los años 60 hasta los 90 había estado completamente vacío.

Muy cerca del señorial palacio, las mujeres bajaban en xarré y en burro a vender. «Los recursos económicos de una familia de Caldones se limitaban a 3 ó 4 vacas que valían para todo: par dar leche, terneros, como animales de carga, para labrar... Eran casi como un miembro más de la familia», confiesan dando una muestra explícita de cariño. Así que a las mujeres no les quedaba otra que bajar a la Plaza del Sur para vender fruta; principalmente y hasta que llegaba la temporada de manzana, cerezas, nisos y piescos. 

Pero las cosas han cambiado. Antes de 1968, los vecinos construían pequeñas traídas de agua desde las fuentes hasta las casas. «Lo de la cooperativa no llegaba a todas las zonas. La EMA se hizo cargo hace diez años de la labor que realizaba ésta», puntualizan. Ahora, todos tienen teléfono. 

A Clarisa le costó ponerlo en 1980 unas 300.000 pesetas. De los tres bailes que había en la parroquia -el de Rivero, en Villares; el de Riosecu; y La Bombilla-, sólo este último continúa con vida, reconvertido en chigre. Ahora los vecinos tienen recogida de basura, aunque no en toda la parroquia. Pero hay cosas que nunca cambian: «Lo del transporte está fatal y aquí hay muchas personas mayores que ya no tienen carné».

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