Parroquias de Gijón

Castiello y su pasado escondido en hoyos

La parroquia vio aumentar sus servicios y la creación de una carretera con la inauguración del Club de Golf en los años 50

NOTICIA DE AIDA COLLADO28/10/2010
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Castiello y su pasado escondido en hoyos

Ovidio Río Piñeda, Carmina Meana Suárez, José Manuel Cabo, Alfredo Meana Rubiera y Severino Sierra Cuevas, en el campo de la iglesia. :: PALOMA UCHA

Alfredo Meana es capaz de viajar en el tiempo como si su memoria fuese por una autopista alemana, sin límites de velocidad. No tarda ni tres segundos en trasladarse, surcando las décadas, al mismo prao -pero en otro Castiello- que pisan sus pies.

Habla sin arrastrar las palabras y responde rápido a la pregunta que flota entre sus vecinos: «En 1945, Castiello tenía 70 casas». Tal es su seguridad, que se siente en la obligación de dar una explicación: «En aquella época, yo tenía nueve años y era el monaguillo. Era el encargado de ir pidiendo el aguinaldo por las puertas, así que no necesito hacer cuentas para saber cuántas familias había». 

Eso sí, cada una de ellas -apunta- tenía muchos más hijos que ahora. Sabe que no es lo único que ha cambiado. La creación del Club de Golf en los años 50 acabó con parte de la esencia rural de la parroquia. Pero sólo con parte. «Recuerdo cuando íbamos a Gijón con un trapu en el bolsillo, para limpiar los zapatos en Viesques. La verdad es que cuando íbamos caminando, podíamos ver los coches que venían desde Ceares por la polvareda que levantaban», dice entre carcajadas Severino Sierra.

El recién nacido trajo un buen pan debajo del brazo. Y con el Golf se impuso la construcción de una nueva carretera. Fue sólo uno de los muchos beneficios y avances de la civilización que los vecinos disfrutaron gracias al club, pero ninguno de ellos consiguió acabar con «la aldea». De hecho, por sus caminos era habitual que se cruzasen los ganaderos que bajaban sus terneros al matadero de El Natahoyo y los gijoneses más adinerados que subían en coche a pasar el día y jugar unos hoyos.

Hoy en día, sólo quedan dos familias con casería en la parroquia, que se dedican a la labranza. «La vida cambió por completo y todavía no se sabe muy bien si para mejor o peor», resume Carmina Meana. Aunque algo sí tienen claro: «Ahora somos cuatro y no nos conocemos», puntualiza Alfredo.

Algo así sería impensable en el pasado. ¿Quién no iba a conocer, por ejemplo, a Pepe Loché? Él fue el primer y envidiado vecino en desplazarse en bicicleta por la parroquia después de la guerra. «Antes había muchas». En eso invirtió su primer sueldo Alfredo, que nunca lloró por una sola moneda de las que le costó. «Luego, ya podía ir en bici al baile de Quintes», recuerda con una sonrisa que deja poco lugar a dudas. Aunque, claro, Loché no tardó en comprarse una moto que ponía los dientes largos a quienes sabían lo que era volver caminando de Peón a las dos de la mañana.

Ya entonces se decía que Castiello escondía una fortificación antigua, aunque nunca se llevaron a cabo excavaciones que lo confirmasen. Algunos siempre se han mostrado reacios a creerse la leyenda: «Lo que hay son cuatro piedres. Antiguamente, decíen que de allí salía un fantasma, porque se oía tocar a un gaiteru que debía estar por los alrededores, pero nunca se supo nada más».

No fue la única historia para no dormir que tuvieron que oír los vecinos. Algunos, incluso, las sufrieron en carnes propias. Como la familia que cada noche oía llamar insistentemente a su puerta y, cuando la abrían, no encontraban más que una silenciosa oscuridad. El párroco les dijo que quien les molestaba era el diablo, que cada noche pasaba a cobrar una deuda contraída por los habitantes de la casa con la Iglesia, por no pagar un funeral que había sido oficiado meses antes. 

Al parecer, el padre de familia nunca se creyó que el Maligno le hiciese de cobrador del frac al cura, así que cuando se agazapó en la noche esperando a que el fenómeno se repitiese y descubrió al sacristán aporreando la puerta, enviado por el cura, le molió a palos. Fin de la historia.

La mayoría prefería ocuparse de problemas más terrenales, como conseguir agua potable. «Yo tenía el agua muy lejos y todos los días caminaba a San Miguel o a la Fuente de San Tirso, que ahora ya está seca», comenta Carmina. Ella no tuvo que esperar a que la Cooperativa de Aguas, en la que la parroquia colaboraba con Caldones, realizase las obras que llevaron agua del Picu San Martín, a través de 30 kilómetros de tubería, a las casas de sus 50 socios. Previo pago, claro, de 25.000 pesetas. 

Antes de todo eso, a Carmina le había puesto el Club de Golf un grifo muy cerca de casa, pero reconoce que «las obras de la cooperativa fueron un avance muy importante para toda la parroquia». Más aún si se tiene en cuenta que Castiello se enganchó a la EMA  hace sólo cinco años.

Guardan su iglesia consagrada a San Pedro y restaurada hace unos 50 años como oro en paño, aunque algún vecino se atreva a decir por lo bajo que «nunca se vio un santu tan feu». Pero en Castiello piensan que las cosas están para disfrutarlas, para vivirlas. Por eso, cada año organizan a su alrededor una de las romerías con más tradición, que los últimos años se ha convertido en la más exitosa del concejo, en cuanto a capacidad de convocatoria. Aunque, en el pasado, se llegaron a poner hasta 14 barracas, lo que más aprecian los vecinos es «la celebración del día del sociu, mucho más familiar. Porque en les verbenes esto se llena de gente desconocida».

Está claro que saben divertirse: El Cotarón, La Casería, Viñao, el Bar Cortina, el Llagar de Castiello y el Llagar de Bernueces son la muestra de que siempre han sabido apreciar las ventajas de una buena oferta en hostelería. 

Aunque, en los últimos años, Castiello ha despuntado como lugar idóneo para otro tipo de negocios y servicios. De momento, la parroquia acoge ya cinco residencias de ancianos y todos piensan que en el futuro se abrirán más equipamientos de este tipo, ya que el lugar es idóneo «por su tranquilidad y su integración en la naturaleza».

Una paz y una calma que la parroquia ya transmitía cuando en casi todas las casas podían encontrarse un xarré y un burro. Cuando los vecinos debatían con piquilla sobre quién tenía el mejor caballo. Y cuando todos agachaban la cabeza para reconocer que donde más burros había era en Caldones.

Porque en Castiello siempre se ha vivido bien. Eso no lo niega ninguno de sus vecinos: «En ese sentido, destacó toda la vida. De jóvenes trabayaben mucho, muchísimo; pero luego, cuando los paisanos se ivan haciendo mayores, como teníen tantos fíos para ocuparse de todo, se retiraban pronto y todos los sábados iban a Gijón de paseo». En realidad, el Castillo o Castiello era sólo un barrio de la parroquia de Bernueces, en el que vivían 24 de los 100 habitantes de la parroquia. El cambio de denominación surgió con la creación del Club de Golf, que se inauguró en 1958 con 9 hoyos. Pasó a tener 18 en 1979.

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