Parroquias de Gijón

Montiana mantiene vivo al Fresno ya enterrado

El barrio es el único núcleo de población desde que desapareció el que da nombre a la parroquia bajo los rellenos industriales

NOTICIA DE AIDA COLLADO27/01/2011
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Montiana mantiene vivo al Fresno ya enterrado

José Ramón Pérez, José Manuel Alonso, Narciso Sala, Luisa Muñiz y Blanca Sala. :: PALOMA UCHA

Hay pueblos tan llamados a sobrevivir que no desaparecen ni enterrándolos bajo tierra.

Es el caso de Fresno, que aún hoy da nombre a la parroquia, a pesar de que la zona que recibía este nombre fue sepultada bajo los rellenos industriales de Ensidesa, la actual Arcelor. En los años 40, las 62 caserías de la parroquia, repartidas entre Porreza (5), Fresno (19) y Montiana (38), vivían de la agricultura. Pero, poco después, el gigante de la acería se puso en marcha, nombrando a este último como único heredero. 

El resto fue sepultado, previo pago de 25.000 pesetas (150 euros) por día de buey. «El doble, si la expropiación afectaba también a tu casa», puntualizan los vecinos. Aunque, como ocurrió en gran parte de la zona rural, la mayoría de las propiedades -y, por lo tanto, buena parte de los beneficios- pertenecían al conde de Revillagigedo.

En 1988, Ensidesa ocupaba la mitad de la parroquia. Y, como siempre, entre los vecinos hay disparidad de opiniones sobre los beneficios y perjuicios que la industria siderúrgica causó en el pueblo. No se puede negar la provechosa vinculación laboral que se ganó los favores de algunas familias de la parroquia. Además, la urbanización Monte Areo (de la empresa) tuvo mucho que ver con la llegada del teléfono, el servicio de Correos o el asfaltado de la carretera de acceso.

Aún así, no es fácil olvidar que «la parte baja de Fresno, la que rellenaron, era un terreno pantanoso con muchas posibilidades agrícolas», donde, hasta entonces, se cultivaban con éxito hermosos árboles frutales. Entonces, «se vivía del campo -señalan los vecinos más veteranos-, aunque siempre había uno de la familia que trabajaba además en Gijón: en la fábrica de botellas -donde ahora se encuentran los cines Yelmo de La Calzada-, en la de loza, en la azucarera de Veriña...».

Durante las obras, llegaron a la parroquia más de 20 burreros profesionales, que venían de León, para iniciar los movimientos de tierras, ya que el carácter pantanoso de la zona no permitía el acceso de maquinaria. Fueron muchos -los vecinos calculan que los miembros de unas diez familias- quienes, a pesar de la expropiación, se negaron a abandonar la parroquia, trasladándose a Montiana. Otros, como Luisa Muñiz, no tuvieron más remedio. Ella fue una de las que se quedó sin casa: «Pero la empresa me dio otra vivienda en Tremañes, así que me fui allí. Guardo un grato recuerdo del vecindario, estuve 17 años viviendo allí, pero luego me volví, porque me gustaba más esto. Aquí tenía a mi familia...». Ahora, sonríen resignados de soslayo, «algunos de los terrenos que pertenecen a Ensidesa desde entonces, pasarán a ser de la Zalia».

Pero a pesar de todo lo que les ha venido impuesto, los vecinos de Fresno nunca se han sentado a verlas pasar y siempre han participado de forma activa en las mejoras de la parroquia. A principios de los años 50, por ejemplo, estaban más que cansados de ir a tomar el tren que pasaba justo por delante de sus casas a las estaciones de Serín o Veriña; así que se pusieron manos a la obra, y construyeron su propio apeadero. Tuvo un coste económico de 40.000 pesetas (240 euros). Nada, comparado con los seis meses que los vecinos se pasaron trabajando a destajo. Y, a día de hoy, continúan recogiendo lo sembrado: «Es muy probable que de los pueblos, no sólo de entre los del municipio, sino de los de toda Asturias, éste sea el mejor comunicado», presumen. Están a media hora de Oviedo y a diez minutos de Gijón en tren. 

Eso sí, advierten, «no hubo en Fresno una obra -ya fuese la del apeadero, la de la iglesia o la de la cooperativa de aguas- que no estuviese envuelta en una gran polémica», reconocen para apostillar después con orgullo que «el pueblo, a pesar de todo, nunca se dejó doblegar». Lamentan, no obstante, que de la vivienda del factor, el despacho de billetes y la sala de billetes de la estación no quedase más que un edificio en ruinas y abandonado, que acabaron por derruir. «Y ahora estamos al aire, protegidos por una simple marquesina», protestan.

Junto con las viviendas de los vecinos de Fresno y Porreza, Uninsa expropió también el alma de la parroquia, la iglesia y el cementerio. Pagó por ello, eso sí, 4 millones de pesetas (24.000 euros). «En realidad, Ensidesa lo pagó todo: la iglesia, el cementerio, los nichos, los traslados y los perjuicios. Pero cuando fuimos a pedirle al arzobispo que construyese una iglesia nueva -para la que, insisten, Uninsa les había dado dinero- nos dijo que no quería problemas y que hablásemos con el vicario». El misterio se resolvió cuando los vecinos se enteraron de que pretendían unir su parroquia con la de Poago o la de San Andrés de los Tacones. Se comenzó a oficiar una misa provisional en las escuelas y el pueblo se levantó en protestas. «Creamos una comisión y fuimos a ver a Tarancón, quien nos recibió sin decirnos que en realidad ya estaba nombrado arzobispo de Toledo. Más tarde, se lo volvimos a pedir a Díaz Merchán, que nos dijo que sí», explican. La fecha de inauguración de la peculiar iglesia, que continúa llamando la atención a quienes se dirigen en tren a Gijón, no está muy clara. «Comenzó a usarse en 1974, el día del Corpus. Pero el arzobispo no vino a inaugurarla hasta varios años más tarde», concluyen.

Fresno celebraba la fiesta del Ángel y la de la Virgen del Patrocinio, aunque hoy sólo festejan la sacramental -el Corpus Christi- y la patronal, en San Pedro, el 29 de junio. Saben cómo divertirse, con celebraciones que se alargan tres o cuatro días. Pero de lo que más orgullosos están es de su colegio público, «del que salieron grandes profesionales. Aquí vienen alumnos de San Andrés y de Poago». El relevo generacional está asegurado. Y como ya ocurrió en el pasado, seguirá habiendo parroquianos de Fresno, si hace falta, durante más tiempo que la propia parroquia.

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