Parroquias de Gijón

Jove. De reducto burgués a barrio obrero

Fue una de las parroquias más ricas de Gijón, que vio desaparecer algunas de sus playas bajo las obras de El Musel

NOTICIA DE AIDA COLLADO18/06/2010
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Jove. De reducto burgués a barrio obrero

Los niños corretean en el parque, bajo un mural conmemorativo. :: JOAQUÍN PAÑEDA

«Actualmente, el barrio está ocupado principalmente por población envejecida, con un bajo nivel de rentas y un alto riesgo de marginalidad».

Cuando el proyecto Urban II de la Comunidad Europea mira al Oeste de Gijón, esto es lo que ve en Jove. Y, según los vecinos de la parroquia, al pliego en cuestión no le faltan razones. Por eso agradecen los fondos y aplauden la iniciativa que busca su regeneración económica. Pero quien piense que esas cinco líneas definen al barrio en su totalidad ha de saber que la historia del lugar que un día reunió a las grandes fortunas de la ciudad se parece a lo antes expuesto como un huevo a una castaña. Ni más, ni menos.

Porque Jove fue, es y -prometen- será mucho más que eso. De hecho, ya lo era en 1046, cuando algunos documentos de la época reconocían su raigambre y solera. Venían a explicar en la lengua vernácula de la época la esencia de una parroquia que fue increíblemente rica y vivió cara al mar durante siglos. Aunque lo que marca u n punto de inflexión en su historia es el inicio de las obras de El Musel.

Cada vez menos vecinos recuerdan el Jove de aquel entonces. Aunque alguno de ellos haya pasado a formar parte de su leyenda. Como Arsenio, quien falleció hace un mes, pero será recordado durante décadas por haber pescado -en plena transformación de la parroquia- un potarrón de 25 kilos.

Eran los tiempos en que el Astillero de Joselón servía de división entre la playa de Los Señoritos, donde Torcuato Fernández Miranda se bañaba entre las familias adineradas, y la playa de Los Monolitos, también conocida como El Tallerín. No es difícil adivinar cuál de ellas ofrecía unas condiciones inmejorables, al ser protegida por el astillero del viento. Por aquel entonces y hasta los años 40, «todas las rocas que había entre las playas tenían nombre propio: la Piedra del Puente, la Roca del Huevu... Allí lo pasábamos como los indios», reconocen los parroquianos. Luego, los rellenos de la Constructora Internacional y la expansión de los astilleros y de El Musel acabaron con todas estas zonas arenosas.

Pero no es de extrañar que quienes jugaron en aquellas piedras también recuerden que el túnel que se construyó para el ferrocarril de Mieres -«en la carretera general, junto al taller de Silva»- sirviese pocos años antes de refugio, durante la Guerra Civil. «Durante mucho tiempo, hubo allí de todo, incluidos colchones y pistolas», apuntan Montserrat Gutiérrez, de El Muselín, y Luis Ángel Fernández, de Portuarios. Después, todo desapareció: los ultramarinos que abastecían a los barcos pasaron a utilizar el túnel como almacén.

Aquella parroquia de los años 40 superaba con mucho su número actual de habitantes. Tenía 7.331 vecinos «y eso que ya habían matado a muchísimos», puntualiza Alfredo García, de la Campa Torres. «Esto era una aldea de ricos y pobres. Pero los pobres lo eran de solemnidad», dice Joaquín Menéndez, de Jove de Arriba. Ambos grupos, eso sí, salían a pescar. Unos por deporte y otros por necesidad, llegaron a sumar más de 50 barcos.

Entonces, no era de extrañar que una familia criase una decena de hijos y las imperantes necesidades de los trabajadores de un Musel en expansión resultaban asfixiantes. El mundo laboral se repartía en empresas como Moreda, la Algodonera, la fábrica de Moré, los astilleros de Joselón y Riera y el propio puerto. Fue durante la década de los 50 cuando Jove vivió su verdadera transformación, con la construcción de las viviendas de Portuarios -bautizadas enseguida como Tocote, en referencia al sorteo, y Pénjamo, por el elevado número de extranjeros-, seguida de la edificación de las de Pescadores, del Instituto Social de la Marina y, por último, las viviendas de la entonces Junta de Obras del Puerto.

La rivalidad y el compañerismo convivían con sorprendente armonía entre los diferentes barrios de Jove, calando en las rencillas infantiles. Cada zona -Jove, Portuarios, Pescadores y El Muselín- tenía su propio colegio compuesto por cuatro clases, «así que las trastadas a los del barrio vecino estaban aseguradas». Aunque todos tenían algo en común: «Nos dejaban salir antes del colegio, para llevar la comida a nuestros padres, que estaban trabajando en el Puerto».

El proceder siempre era el mismo. Cogían una pequeña tartera con comida para los hombres y una gran cesta vacía. Primero, llevaban el almuerzo a sus padres y estos les daban instrucciones para llenar el capacho. Porque justo delante de la Iglesia del Carmen, en El Muselín, «había un prau donde se descargaba todo lo que llegaba al puerto». Y la mercancía permanecía allí, desprotegida, hasta que los camiones la cargaban para repartirla.

Los pequeños miraban con los ojos como platos el campo lleno de comida, presidido por «montones de patatas, que llegaban a granel», carbón, café, garbanzos... «¡De todo! No tardábamos en llenar la cesta y echar a correr para casa ni dos segundos. Había veces que íbamos hasta con 'lista de la compra', porque en casa nos encargaban lo que teníamos que coger». Para los más ortodoxos, se trataba de hurto. Pero el prao era una tentación -o provocación- en tiempos de escasez. Los padres y abuelos que se pasean por Jove con una intachable reputación a sus espaldas confiesan que para salir adelante «sí robábamos, pero era para comer». La parcela sirvió para un fin más elevado que el de almacén: «Quitó muches fames». Y es que fue, salvando las diferencias, el proyecto Urban de la posguerra. Los gijoneses no tardaron en comenzar a intuir que Jove nunca sería sólo una población envejecida, con bajo nivel de rentas. Ya sospechaban que sería, ante todo, un pueblo de supervivientes.
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