Parroquias de Gijón

Lavandera, a la sombra del lagar

Muchos identifican la parroquia con Casa Trabanco, pero sus casi 340 habitantes se reparten en cinco barrios que apenas han experimentado cambios

NOTICIA DE AIDA COLLADO01/07/2010
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Lavandera, a la sombra del lagar

José Víctor Suárez echa un culín de sidra frente a la pequeña capilla de Lavandera. :: LUIS SEVILLA

Muchos de los gijoneses que desconocen el concejo, gran parte de aquellos que jamás han pisado las tierras de Baldornón, San Martín de Huerces o Ruedes, sabrían ubicar en el mapa la parroquia de Lavandera sin apenas desviarse.

Los vecinos saben que esta chincheta de popularidad fue troquelada en Casa Trabanco, uno de los llagares más importantes de la región, que ha hecho famoso incluso al barrio que lo acoge. «Tueya se convirtió en una referencia por el lagar. Y hay más bares: es la única zona de por aquí donde uno puede emborracharse», bromean.

Sin embargo, la historia de Lavandera discurre también por caminos más secos. Tanto que alguno de sus vecinos más veteranos, como Urbano Acebal, a quien sus 90 años le permiten confesarse con algún foriato sin pudor, reconoce que su vida nunca ha estado ligada a la de los chigres. «La última vez que me emborraché fue en 1939», suelta, con una parsimonia de lo más sincera. «Fui con un amigo y pedimos dos botellas de litro, una para cada uno, de Jerez Quina», explica antes de aclarar a quien lo necesite que «después pedimos otra, pero esa ya no la bebimos al mismo ritmo».

Ese fue el primer y último contacto de Urbano, que siempre vivió en la aldea, con el alcohol; más que nada, porque «después estuve ocho días en la cama malísimu y quitáronseme les ganes de más». Así que aunque no pueda hablar de grandes juergas, sí recuerda cómo se vivía en la parroquia cuando él era sólo un niño. Puede describir, incluso, la casa donde nació: «El piso era de tierra y me acuerdo de que estábamos cenando y nos caían pedruscos encima, que se colaban entre teja y teja». Para él, todo iba bien mientras no se acercasen a la caldera de cobre donde su madre hacía el arroz con leche.

La mayoría de los vecinos siempre han trabajado fuera y muy pocos se han dedicado a las labores del campo. Pero algunos, como Urbano, de padre labrador,  permanecieron en Lavandera incluso en horario laboral. Por eso casi todos sus recuerdos se ciñen a la parroquia, cuando no había ninguna casa sin forna y para hacer boroña se cubría con boñigas de vaca.

De esos tiempos también guarda las historias que le contaban sus padres mientras «bebíen sidra y comíen castañes». Hablaban, entre risas, de «una piedra muy gorda que había en el monte de Muñó. Tenía grabada la frase:«'El que a mí vuelta me dará, buena fortuna tendrá'. Estuvo allí durante años, hasta que un grupo de mozos fueron a darle la vuelta y al hacerlo descubrieron que en la cara opuesta ponía: 'Gracias a Dios alabado, que ahora estoy del otro lado'».

El gran carbayu
De todo ello fue testigo el gran carbayu, que ha sido guardián, epicentro y emblema de la parroquia durante siglos. Y cualquiera diría que también participaba de las bromas. Porque hasta que podaron sus ramas en 1792, el árbol se dedicaba a tocar con ellas las campanas de la iglesia, cuyo tañido era para los vecinos la señal acordada para alertar de los incendios forestales. «Mi güelu -revela Urbano- murió con 96 años y siempre decía que él ya había conocido al carbayu así de gordu. De aquella, se decía que tenía mil años».

Todos los vecinos, al igual que Eduardo Menéndez o José Ramón Castiello, conocieron al árbol ya con cicatrices en su tronco de haber sido quemado, «pero en los últimos 65 años ha cambiado mucho. Se han cerrado muchos grandes agujeros, consecuencia del incendio, por los que nos colábamos cuando éramos críos». Y su evolución continúa en progreso, porque «desde que empezaron a limpiarlo en condiciones por primera vez, a principios de los 90, ha mejorado muchísimo». Así que parece que el próximo 12 de julio podrá resguardar un año más el pequeño altar que se monta a sus pies, con motivo de la fiesta sacramental.

No es la única planta que acaricia la fama local. Lavandera también guarda en el Camín de La Matona, en el barrio El Monte, «una castañal india, protegida y catalogada como la mayor de Asturias».

Junto al carbayu, que eclipsa sin misericordia al resto de elementos de la parroquia, se levanta la iglesia parroquial, construida en el siglo XVIII y reformada, para hacer su campanario inaccesible a los gamberros, en 1922. Lo que pocos saben es que para diseñar la escalera que sube al campanario «llamaron a un ingeniero de Moreda, que volvió por donde había venido, porque no fue capaz». Finalmente, quien se encargó del trabajo fue un parroquiano, Cesáreo Menéndez, «que no sabía leer ni escribir, pero construyó una escalera que nos dio servicio durante muchos años». Eso sí, ninguno cree que aquel ingeniero o cualquier otro entendido en estructuras diese el visto bueno a la creación local.

A su vera cometió otro de sus excesos de corto alcance Urbano: «Los rapaces íbamos a fumar al pie de la Iglesia. Y mi padre me dio una caja de mataquintos, que eran como los celtas sin filtro de ahora, pero de peor calidad. Me los fumé todos antes de ir para casa». Los que conocen a Urbano ya saben cual fue el resultado: «Otros ocho días en cama».

A pesar de las costumbres adultas, los niños eran más inocentes. De hecho, quedaban para jugar y bañarse en distintos puntos del río Meredal, como el arroyo de la Fuente de Los Berros. Fue en La Pavia donde dos de los vecinos que prefieren que su identidad permanezca en el anonimato, por si acaso, descubrieron la anatomía femenina al ver «el primer par de piernas de nuestra vida». Y aún recuerdan a la propietaria.

También hacían una pequeña presa en La Vega, para poder refrescarse, y «en el arroyo de Carbonero. Pero ahí teníamos muy poco tiempo, porque enseguida subía Matilde la del Molín a reñirnos, porque se quedaba sin agua». Agua que, por cierto, «estaba mucho más limpia que ahora».

Lavandera apenas ha cambiado. Salvo por el aumento de población del barrio de Llinares, que está a sólo dos vecinos de alcanzar a Tueya, hasta hora siempre líder en número de habitantes. Así que en 1997 se premió como Pueblu más guapu de Gijón a la parroquia que siempre fue. A la del abuelo de Urbano, a la de Mario El Coxu -cuya gramola alquilada sonaba hace más de 60 años-, a la de Casa Firma o el lagar de Alfonso Camín. Y se premió también a la parroquia que será. Donde, con un poco de suerte, Urbano descubrirá nuevos vicios. Aunque los abandone a las 24 horas.
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