Parroquias de Gijón

La Pedrera, pionera con mucho esfuerzo

Hasta hace poco más de una década era habitual que en cada casa de la parroquia hubiese «ocho o diez vacas». Ahora sólo un par de familias viven del campo

NOTICIA DE AIDA COLLADO04/11/2010
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La Pedrera, pionera con mucho esfuerzo

Bernardino Álvarez, José Manuel Rodríguez, Isidro Uría, Javier Blanco, José Manuel Villa y José Antonio López, presidente de la asociación de vecinos. :: CITOULA

Han pasado casi 65 años desde que Isidro se llevó uno de los mayores sustos de su vida. Con seis años, se esmeraba en su labor como monaguillo, pero ese día se aburrió como nunca.

El procedimiento era siempre el mismo. El cura salía con los ciriales, a la puerta de la iglesia, a recibir al difunto. Y él, mientras, tocaba las campanas hasta que llegaba. Aquella tarde, el muerto era de Llantones y, por aquel entonces, todo el camino se hacía caja al hombro. Quienes llevaban el féretro, recuerda, «daban un paso para alante y dos para atrás». Estaban acostumbrados a cargar con los difuntos por abruptas pendientes, pero aquel día no llegaban. Se hizo de noche y a Isidro el campanario se le antojaba cada vez más tétrico. 

Al día siguiente, y sin que él tuviese aún noticias del fallecido, Don Elías le dio como siempre las llaves de la iglesia para que la abriese. Y allí, de repente y solo, se encontró con el esperado difunto. «Era muy pequeño y casi me muero del impacto», recuerda. «Después, me enteré de que a aquel pobre hombre le habían metido un tiro para robarle cuatro perres».

La muerte de un vecino, como tantas otras cosas en La Pedrera, se vivía de forma muy diferente por aquel entonces. «Los familiares venían caminando y recorrían distancias de hasta 20 kilómetros, si vivían lejos, y luego se les daba de comer en casa a todos», explica. Era, además de una pérdida, todo un acontecimiento social. De hecho, tras el velatorio, tocaba tarde de alcohol y cartas. 

La parroquia no podía presumir de caminos. De hecho, era completamente imposible que un vehículo pasase por El Arroyo. A pesar de los impedimentos, los vecinos buscaban el modo de divertirse. Cada domingo había juegos y baile en Campu Redondu. Algo imposible hoy en día, pero «antiguamente, en cada casa, casi todas ocupadas por familias numerosas, había unos cuantos chicos y chicas casaderas», que esperaban ansiosos el fin de la semana para cortejar.

Los vecinos no han olvidado cuando «tener un xarré era como conducir un Mercedes». Un lujo al alcance de muy pocos. Bajaban a vender leche, piescos y manzanas a Gijón, «pero los llevábamos a granel en el carro de les vaques, así que la mercancía llegaba bastante estropeada». Conseguían cargar un vagón de Renfe, pero debido al mal estado de la fruta «si te lo pagaban a peseta o 90 céntimos el kilo, habías hecho un buen negocio».

Fueron décadas gloriosas para la picaresca y, como cuenta José Manuel, «teníes que andar cuidando hasta les castañes, porque si no quedabes sin una». Isidro iba a la escuela de La Pedrera y, cuando llovía, «utilizaba un saco de paraguas. Lo que era indispensable era descalzarte las alpargatas e ir descalzo, para que no se te deshiciese el esparto. Aunque ya no les hacen como aquelles».

Bernardino, por su parte, se queda con sus baños en el río Pinzales, en El Molín del Chintu, donde ahora despacha el bar Principado. «Nos quitábamos las sanguijuelas con jabón Chimbo o frotando con la misma arena», dice divertido. Una de las prácticas habituales consistía en tirarse calderos de agua unos a otros. Era un juego que les venía muy bien, porque «¿quién tenía agua y ducha en casa? Nadie».

Como en casi toda la zona rural de Gijón, en La Pedrera hablan maravillas de su Cooperativa de Aguas, que llegó a la parroquia impulsada por la iniciativa de Higinio Blanco, antes de ser concejal. Cuando se inauguró, cada uno de sus 301 socios pagaron 25.000 pesetas. «Fue una obra muy complicada, pero valió muchísimo para el pueblo. Antes, casi todos se dedicaban a la ganadería y tener agua lo facilitaba todo», coinciden.

Hasta hace unos quince años, lo normal era que en cada casa hubiese ocho o diez vacas, aunque muchos trabajasen también en Langreo o en la mina de La Camocha. Hoy en día, «sólo una o dos familias viven del campo».

Los caminos de La Arquera, la Esfoyada y Campones no se asfaltaron hasta 1993. La obra se financió con las denominadas contribuciones especiales. Los vecinos pagaban en función de los metros de camino que lindasen con sus tierras, pero la media era de unas 300.000 pesetas. A esto hay que añadir la parte de algún vecino que se negaba a pagar y de la que tuvieron que hacerse cargo los demás. José Manuel Rodríguez fue el encargado de tocar puerta por puerta para recaudar el dinero: «Los había que no sólo no pagaban sino que coaccionaban a los demás para que no lo hiciesen. Luego, claro, utilizaron los caminos como el que más».

Pero si por algo se hizo famosa La Pedrera entre el resto de los vecinos de Gijón fue por su espectacular hoguera de la noche de San Juan. Los vecinos llevaban leña durante tres o cuatro días para tenerlo todo a punto la noche más corta del año. En una ocasión, los gamberros decidieron adelantar la fiesta unas horas prendiendo antes el fuego, pero no consiguieron aguarles la fiesta. «Celebrábamos comidas con muchos invitados y ese año  se anularon. No hubo ni fabes, ni arroz con leche ni nada. Nos dedicamos a volver a llevar leña al prau a todo trapo y finalmente se celebró», comentan orgullosos.

La Pedrera siempre ha estado llena de vida. Isidro presume, porque puede, de su «fiesta, de la peña ciclista, el grupo Excelsior, la peña de bolos y la asociación de vecinos, que fue la primera de toda la zona rural de España. Y todo esto no es nuevo, lleva 30 o 40 años funcionando».

Aunque otras cosas han quedado atrás definitivamente. Como los tiempos en que sólo había un transformador, en Pinzales, y toda la parroquia tenía que ponerse de acuerdo en la hora a la que cataban, «para no coincidir y evitar que bajase la tensión».

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